Una ceremonia del Té Japonesa

El pasado sábado 28 de Mayo asistí a mi primera Ceremonia del Te japonesa. Fue en el barrio de Sants de Barcelona y nuestra anfitriona fue Laura de Minna no Kimono. En esencia, la Ceremonia del Te – en japonés, Chaji- es una práctica social que tiene la Atención Plena como eje central.

A muchos nos cuesta sentarnos a meditar, sin aparentemente “hacer nada”… En las prácticas del budismo zen, existen muchas disciplinas orientadas a la meditación “mientras se hacen otras cosas”. En el Shodo -la palabra japonesa do hace referencia a un camino o disciplina de vida- se hace a través de la caligrafia, por ejemplo. En realidad, todo es lo mismo. Es el objeto de atención lo que cambia. En el Chado el protagonista es el Te.

Laura y su ayudante nos recibió con la acostumbrada hospitalidad japonesa en su taller de Barcelona, donde además de celebrar las ceremonias, expone una hermosa colección de ropa tradicional japonesa: kimonos, haoris, yukatas…

Un perfume de incienso muy agradable nos acompañó desde el primer momento.   Me tocó –a suertes- ser la “invitada principal”, siguiendo el rito de la escuela fundada por Sen no Rikyû en el siglo dieciséis. En el fondo de la sala , el acostumbrado pergamino vertical nos transmitía una frase escrita en caligrafía japonesa que me resultó familiar… Debajo del pergamino, el tradicional arreglo Ikebana: flores de jazmín esta vez, algo mustias por el calor de este verano incipiente.

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Ichigo Ichie: un encuentro, una oportunidad.

El Chado es el Camino del Te, una filosofia de vida con el ritual del te japonés como medio para alcanzar una mayor presencia

Nos descalzamos antes de pisar el tatami de bambú y nos pusimos los calcetines blancos, que apelan simbólicamente a la pureza. Laura nos dio a escoger un yukata de algodón par a la ocasión, con su correspondiente obi a conjunto. Yo elegí uno que enseguida me atrajo, crudo con motivos florales en rosa, anaranjado y azules turquesas. El obi –un cinturón en forma de lazo recogido a la espalda – en verde turquesa y violeta intensos. Aunque según la etiqueda social japonesa no es imprescindible llevar kimono o yukata –la versión de algodón, más modesta y fresca, del kimono- sí que es recomendable. Las joyas en las manos deben quitarse, pues pueden dañar los tazones –en las ceremonias del te suelen haber piezas muy caras o con una carga familiar o histórica importante-. También se pide que no se use perfume, para no enmascarar los aromas del te o el incienso. En Japón, nos explicó Laura, se cuida tanto de no molestar, de que el otro se sienta bien en nuestra compañía, que a veces llevar un perfume muy fuerte se considera una ofensa. Por eso, a pesar de cuidar muchísimo la higiene, los japoneses no son unos grandes consumidores de perfumes o colonias.

Tras una introducción sobre los orígenes de la ceremonia y del propio te verde en Japón –procedente de China-, Laura se dispuso a desplegar todos los utensilios que acompañan la velada: los tazones, la cuchara, el cucharón, el fogón donde se hierve el agua… Todo tenía un sentido. Nos propuso un pequeño juego: descubrir el “tema” de la ceremonia. En Japón, los invitados conocen el tema la reunión antes de asistir y se visten de acuerdo a ella. Nosotros excepcionalmente, no lo conocíamos: era parte del descubrimiento.

Todo me parecía curioso e intenso: los movimientos calculados de nuestra anfitriona, la manera de poner las manos, de desplegar el pañuelo rojo recogido discretamente en su obi, de prepararlos utensilios, de tomar el agua del caldero, de poner la dosis correcta de polvo de matcha, de batir la mezcla del agua con las varillas de bambú hasta obtener la espuma óptima…

Aprendimos las cuatro premisas básicas de los invitados: pedir perdón por ser el primero en beber el te –me tocó a mi, como no, decir primero “Osakini”- de coger la taza y girarla dos veces en el ángulo adequado, de orientar la cara hacia la taza y sorber el te.

Antes de tomar el te todo el mundo hace una reverencia. Se sirve entonces el dulce  –wagashi– y el anfitrión indica cuando podemos comenzar a comerlo.

Laura lo había preparado ella misma: un corazón de pasta de alubia blanca y azúcar, coronado de gelatina agar-agar coloreada en tonos verdosos y rosados en forma de hortensia, la flor que indica en Japón el inicio de la estación de las lluvias. Se come con un pequeño palito de madera, lo que hace que lo degustes más lentamente.

Wagashi

Foto: Minna no Kimono

Cuando el dulce ya invade toda la boca, el anfitrión sirve en orden jerárquico los tazones de te: primero el invitado principal –suele ser la persona de más edad, o un maestro del te, según su posición social…-, que a su vez es quien ha traído a los acompañantes. El te matcha natural y batido es bastante amargo para nuestro gusto occidental. Nos explicó Laura y también otra de las invitadas, nada menos que somelier del te, que la mayoría de los matchas que bebemos en las cafeterías occidentales es un te adulterado con menos antioxidantes que el natural de Japón.

Laura lo compra de importación. Es un te que tiene una caducidad muy corta y que debe conservarse incluso en nevera, dependiendo de las condiciones ambientales.

La cantidad de té se bebe en apenas tres sorbos. El “usucha” que probamos es algo más ligero que el “koicha”, la variante espesa que se tomaría en la segunda parte de la ceremonia de no ser por las medidas anti-covid este año. El ritual pide que éste se tome pasando la misma taza entre todos los invitados.

Me supo amargo, sí, y mejor de lo que esperaba. Me sorprendió la textura, terrosa en la boca, contrastando con el azúcar del dulce. A pesar del calor y de llevar yukata, no me sentía incómoda ni sofocada. El te me había refrescado, extrañamente.

Foto: Minna no Kimono

Le pregunté a Laura si en el pergamino se leía “Ichigo-Ichie”, pues había reconocido algunos kanjis (cosa que me hace especial ilusión, pues voy muy “pez” en lectura en kanji, lo reconozco). Me dijo que en efecto, había leído bien la frase.

Explicó entonces que significaba “Un encuentro, una oportunidad”. Nos invitaba a poner atención y disfrutar del momento a tope, pues cada instante es irrepetible, especialmente aquellos que compartimos con otras personas.

Me pareció mágico encontrarme con esa frase allí, después de haber conocido su significado y haber hablado de ello en este blog. Aquí encontrarás la entrada.

El tema, nos desveló, era como no el inicio de la época veraniega de lluvias. Justo el tiempo en que yo visité Japón hace dos años. Todo, incluso las flores, lo recordaba. También había elegido tazas azules o con motivos azules para el evento por el mismo motivo. Incluso su kimono tenía peces y el fondo de éste era azul clarito.

Pero me estoy acostumbrando a las coincidencias, o como me gusta llamar “causalidades”… Esas tazas azules también me susurraron cosas (señales que sólo mis guías y yo entendemos. 😉 )

Al inicio de la semana me propuse seguir el lema “Busca la Magia”. Pues bien, ese sábado me di cuenta de que la Magia me había encontrado a mi.

Si estás interesada en conocer más sobre la experiencia de la Ceremonia del Te, me permito una recomendación de lectura: “Cada Día es un Buen Día”, de de Noriko Morishita. La vida de una aprendiz, desde la juventud universitaria hasta la madurez, a través del Chado, el camino del Te. Es una historia llena de lecciones de vida, sobre el cultivo de la apreciación del momento presente y de lo esencial de todas las experiencias. Y a la vez es un relato íntimo de la protagonista a través de su juventud y madurez en un Japón que se debate entre la tradición y la modernidad más tecnicificada y occidentalizada.

Gracias Laura y acompañantes, por esta experiencia única que sin duda repetiré.


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